Llegó a nosotros la obra de Heiner Müller Descripción de un cuadro. Como su nombre lo indica el texto consiste en la descripción minuciosa de una pintura. No hay diálogo, ni dramatis personae, ni conflicto en el sentido tradicional del término. Para algunos, escritura parateatral de matriz posdramática. Para Müller, simplemente, una obra para el teatro La descripción va desmenuzando la imagen y nos acerca las distintas posibilidades pretéritas que pudieron haber desembocado en lo que se ve. Esto instaura una deriva temporal que se desplaza hacia el pasado, hacia los múltiples instantes posibles que pudieron ser causa del instante presente petrificado en el cuadro. Se pone en marcha una vuelta atrás, la inversión del  flujo del acontecer, de la flecha del tiempo. Así la mujer retratada que se  ve cortada hasta  las  rodillas por el  borde  del cuadro está –de acuerdo a la lectura del que describe- saliendo de su sepulcro; ha sido asesinada por el hombre que comparte con ella el dibujo y vuelve a la vida para morir de nuevo. Por su parte el hombre del cuadro, sale de la casa para volver a matar a la mujer que vuelve de entre los muertos para ser asesinada nuevamente. Es que tal vez  esa vuelta atrás, ese regreso, vaya unido a la idea del eterno retorno, a la voluntad que quiere eternamente el retorno de lo mismo, a la repetición cíclica y por ello a la redención de los muertos. Claramente la pieza recrea el motivo ancestral de lo trágico: Müller pareciera plantear que lo muerto no está muerto y que en tanto no está muerto, se empecina en volver. Pero por otra parte como lo muerto no debe volver,  es aniquilado nuevamente. Dos fuerzas opuestas, tenaces para llevar adelante su cometido: la fuerza de la redención versus la de la aniquilación.
Hace años nos habíamos acercado a la biografía de la revolucionaria alemana Rosa Luxemburg, teníamos materiales escénicos y una amplia recopilación de los hechos de su vida y de sus cartas. Al poco tiempo de trabajar sobre la obra de Müller comprendimos que esa mujer que vuelve de entre los muertos en su obra podía ser –para nosotros- una transparencia alegórica de Rosa, el emblema de la revolución. Es que la revolución para Rosa Luxemburg no muere sino que vuelve una y otra vez: fue, es y será. Por eso la mujer –representante de todas las víctimas- que sale de su sepulcro, que resucita creciendo desde el suelo,  lleva colgado  de su cuello un librillo individual en el que se narra un biografía; la vida de Luxemburg entregada a la revolución y su trágica muerte a manos de un teniente del ejército alemán –transparencia del hombre del cuadro, quien encarna a su vez la figura del victimario-.
De este modo se despliega en escena la biografía de Rosa que vuelve de entre los muertos para morir de nuevo, como la mujer del cuadro, como los revolucionarios de todos los tiempos. Rosa, muerta, se hace presente con una máscara. La máscara de la muerte, la máscara de la revolución; una y la misma máscara.